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La Autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos como personas, de nuestra forma de ser, nuestra personalidad, nuestros rasgos físicos, mentales, comportamentales e incluso morales.  No se trata de un concepto inmutable y estable que nos defina de por vida, sino que es algo que se aprende, se desarrolla y se puede mejorar.

La infancia es una etapa fundamental en la que se forjan las bases de la autoestima. El periodo de 0 a 6 años es especialmente sensible, ya que el niño irá absorbiendo e integrando todas y cada una de las experiencias que vivencie, y éstas tendrán una importante influencia en la forma que tenga de ver y sentir la vida en etapas posteriores.  Es en este periodo en el que se construyen e interiorizan a nivel subconsciente toda una serie de creencias que guiarán la interpretación y vivencia subjetiva de sus experiencias posteriores. No obstante, si bien este periodo es particularmente crítico, la autoestima está en construcción a lo largo de todo el ciclo vital.

Factores que contribuyen a la formación de la Autoestima Infantil

La autoestima se conforma en base a la influencia de factores de distinto tipo:

  • Personales: capacidades intelectuales y físicas, imagen corporal etc.
  • Sociales: valores de la sociedad, cultura dominante, creencias etc.
  • Personas significativas: interacciones con padres, hermanos, maestros, iguales etc.

En definitiva, el desarrollo de la autoestima está estrechamente relacionado, por un lado, con los valores predominantes en la cultura en la que se encuentre el/la niño/a. Así, por ejemplo, si la sociedad privilegia la delgadez femenina o las habilidades deportivas en los hombres  y el/la niño/a los cumple, es probable que su autoestima se vea reforzada. Por el contrario, si no lo hace, puede menoscabarse su autoconcepto, con la consiguiente repercusión en su estado de ánimo. Por otro lado, es fundamental el trato, consideración y crítica que reciba por parte de los adultos significativos para él/ella, especialmente padres y profesores o incluso entrenadores, ya que la opinión que se construya de sí mismo/a dependerá en gran medida de la percepción de la opinión que reciba de ellos. Los iguales adquieren especial importante a finales de la pubertad y en la adolescencia, donde la influencia llegará a ser incluso superior a la de los adultos.

Cómo fomentar la autoestima de los niños. Consejos para Padres y Educadores

  1. Evitar comparaciones

    • Siempre que hay una comparación, hay alguien que sale perdiendo. Es importante no comparar a los niños ni con sus hermanos ni con sus amigos ni con ningún adulto. Debemos transmitirles que cada persona es única e irrepetible y tiene valor por sí misma, con independencia de las características de los demás.
  2. No etiquetar

    • Adjetivos como “malo”, “tonto” o torpe” pueden generar estigmas en los niños e incluso pueden llegar a utilizarlos ellos mismos para justificar su conducta. “No me sale porque soy tonto”, “Me han castigado porque soy malo” etc. Es importante que aprendan a no identificarse con etiquetas limitantes.
  3. No pedirles perfección

    • Todos sabemos que nadie es perfecto, pero a veces no podemos evitar exigirles excelencia a los niños en los aspectos que nosotros consideramos más importantes (estudios, deportes etc.). Estos estándares tan elevados pueden generarles ansiedad y sentimientos de fracaso si se sienten incapaces de cumplirlos. Deben saber que les aceptamos tal y como son, con sus virtudes y sus fallos, ya que sólo así podrán sentirse seguros de sí mismos y desarrollar una autoimagen positiva.
  4. Elogiarles, valorar sus esfuerzos

    • Los niños necesitan que sus esfuerzos sean reconocidos, y el elogio es una buena manera de hacerlo si se lleva a cabo de la forma adecuada. Los elogios deben ser específicos y acordes con la conducta o el rasgo que se pretende reforzar. Si se llevan a cabo de manera excesiva o descontextualizada podrían tener el efecto contrario al deseado.
  5. Corregirles desde el respeto y el cariño

    • Indudablemente tenemos que corregir a los niños para que aprendan a reconducir sus acciones. Debemos evitar adoptar actitudes que les culpabilicen, como gritos o reproches, y darles a entender que, si bien lo que han hecho no es adecuado, pueden hacer las cosas bien y nosotros estamos ahí para ayudarles y aprender con ellos. Siempre es mejor que les demos indicaciones positivas de cómo deben hacer las cosas, más que centrarnos exclusivamente en lo que no deben hacer.
  6. Dedicarles tiempo de manera exclusiva

    • Los niños necesitan confiar en nuestra disponibilidad y disposición para ellos para poder sentirse seguros y desarrollar una imagen de sí mismos como seres valiosos y dignos de cuidado y atención. Para ello, debemos transmitirles que les tenemos en cuenta y dedicarles tiempo en exclusiva, en el que ellos se sientan protagonistas. Esto es especialmente importante cuando hay hermanos, pero debemos cuidarlo en todos los casos.
  7. Fomentar su autonomía. Darles responsabilidades

    • Enseñarles a asumir ciertas responsabilidades desde pequeños es fundamental para que maduren y desarrollen su percepción de autoeficacia. Delegar en ellos pequeñas tareas diarias (poner la mesa, doblar su ropa, recoger su cuarto etc. ) les ayudará a confiar en su capacidad para manejarse de forma autónoma y confiar en sí mismos.
  8. Enseñarles a tomar decisiones por sí mismos y resolver sus problemas

    • Muchas veces tratamos de evitar que los niños fracasen y se frustren, y les sobreprotegemos para alejarlos del sufrimiento o tomamos decisiones en su lugar porque pensamos que es lo mejor para ellos. Sin embargo, es importante enseñarles que el fracaso forma parte de la vida y del crecimiento, y que aprender a manejar las desilusiones propias del día a día puede ayudarles a salir fortalecidos y aprender grandes lecciones. Deben saber que un fallo, rechazo o frustración no pone en tela de juicio su valía personal. Es fundamental enseñarles a hacer atribuciones ajustadas para que desarrollen tolerancia a la frustración y no se dejen hundir.
  9. Validar sus emociones

    • Cuando un niño está triste, enfadado, asustado o siente alguna emoción que juzgamos como negativa, tendemos a recurrir al típico “No pasa nada”. No obstante, ignorar sus sentimientos les transmite que no son importantes o no merecen atención. Si algo les hace sentir mal, es conveniente que les hagamos ver que comprendemos su malestar, que les validemos.
  10. Establecer límites claros

    • Es indispensable marcar ciertos límites y ser consistentes con ellos. Un ambiente ordenado, unos horarios marcados y ciertas normas de conducta son necesarias para que el niño adquiera una serie de rutinas que pueda prever y que le darán seguridad. Una vez establecidas las reglas o condiciones, es importante que las cumplan y que, en caso contrario, seamos consistentes en las consecuencias.

 

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