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Cuando una persona allegada nos deja, ya sea por fallecimiento, distanciamiento o separación total, pasamos por una serie de estados emocionales que en conjunto conforman lo que se conoce como “Duelo”.

Un duelo no se produce exclusivamente tras la muerte de un ser querido o en una ruptura de pareja, sino que puede darse al romper cualquier vínculo emocional que la persona sienta como imprescindible en su vida en el momento de la separación, o incluso ante una noticia inesperada que rompe nuestros esquemas como puede ser la discapacidad de un hijo o incluso un cambio total de modo de vida. En este caso, nos centraremos en los vínculos emocionales de cualquier tipo que nos unen a las personas.

La separación de una persona a la que hemos querido con todo nuestra alma puede dar lugar a sentimientos muy dolorosos y desgarradores, sobre todo cuando la decisión de romper el vínculo no la hemos tomado nosotros. La incomprensión, la frustración, la culpa, la sensación de vacío y pérdida irreparable e incluso la autodesvalorización son algunas de las emociones más frecuentes en este tipo de situación.

A pesar de lo doloroso que resulta, como todo proceso, el duelo sigue una serie de fases que, si se afrontan y superan de la forma esperada, dan lugar a la aceptación de la pérdida. A continuación se exponen las características más relevantes de cada una de estas fases:

Primera fase: Negación y Confusión

En un primer momento, es habitual que aparezca la negación como un sistema de defensa para amortiguar el impacto emocional que produce la pérdida o separación repentina de un ser querido. Durante un breve margen de tiempo, nuestra mente utiliza esta negación a modo de escudo protector, a la vez que se mantiene la esperanza de que esa persona se arrepienta de la decisión tomada y regrese a nuestras vidas como si nada hubiera pasado. Si esta fase se prolonga demasiado y la separación efectivamente no tiene vuelta atrás, corremos el riesgo de convertir el dolor en sufrimiento crónico y entrar en un círculo vicioso que nos impide resolver la pérdida.

Segunda fase: Rabia, angustia, desesperación, tristeza

En esta segunda fase, nos damos cuenta de que efectivamente la persona que tanto queremos ha tomado la decisión de alejarse de nuestras vidas. La ilusión de la primera etapa desaparece y empezamos a asumir que el distanciamiento no es algo temporal. Ante esta situación, solemos sentir impotencia e indefensión por no poder hacer nada para resolverlo, quizás injusticia al sentir que solamente nosotros estamos sufriendo y que la otra persona no lo vive como una pérdida sino como una liberación. También es frecuente la culpa, al pensar que si hubiésemos sabido hacer las cosas de otra manera nada de esto hubiera pasado. Esta fase se experimenta con gran angustia y malestar, con sentimientos encontrados y vaivenes emocionales que la hacen especialmente complicada.

Tercera fase: Pacto o Negociación

En esta tercera etapa, nos intentamos auto-convencer de que la separación ha sido en el fondo la mejor decisión para ambas partes, e intentamos pensar que puede ser el inicio de una etapa mucho mejor que la anterior. Sin embargo, en ocasiones no podemos evitar seguir teniendo la esperanza de que las cosas vuelvan a ser como antes. Si realmente no es así, mantener la ilusión no hace más que prolongar el sufrimiento e impedir que salgamos del círculo vicioso en el que nos hemos metido.

Cuarta fase: Nostalgia, Dolor emocional

Si llegados a este punto la pérdida ha demostrado ser irreversible, los sentimientos anteriores dan paso a una importante sensación de vacío irreparable. Tenemos la impresión de haber perdido uno de nuestros tesoros más preciados, un pedazo de nuestra alma. Nos sentimos desgarrados por dentro y parece imposible encontrar consuelo ante nuestro dolor. Esta etapa suele ser la más larga y dolorosa. Es inevitable que nos vengan a la mente recuerdos de los momentos más felices que hemos pasado junto a esa persona, que nos asalte de nuevo la incomprensión etc. Todo esto forma parte del proceso, sin embargo, aferrarse a los recuerdos del pasado hasta el punto de quedar anclados en ellos y no poder mirar hacia adelante es altamente perjudicial. Si esta fase no se resuelve adecuadamente, puede derivar en problemas de salud mental como depresión, por lo que sería necesaria la intervención de un profesional que nos ayude a salir del bucle de sufrimiento en el que hemos entrado.

Quinta fase: Aceptación

En la fase de aceptación, al fin asumimos que la pérdida es permanente, que es momento de seguir con nuestra vida sin esa persona, y que somos fuertes y estamos preparados para hacerlo. La aceptación no implica que el dolor haya desaparecido o que nos hayamos olvidado por completo de la persona que tanto hemos querido (y que podemos seguir queriendo), sino que hemos asumido que nuestra vida la sostenemos nosotros, y que hay muchas cosas por las que merece la pena vivir.

Las fases que acaban de ser descritas son diferentes tanto en intensidad como en duración dependiendo de la persona que las experimente, las características del vínculo, la forma en que se ha producido la separación etc.

En general, el duelo es un proceso que, si bien resulta muy doloroso, suele resolverse de manera natural. No obstante, como se ha mencionado, hay casos en los que la persona puede quedar anclada en una de las fases y no encontrar por sí misma la manera de resolver el conflicto interno que la mantiene estancada. En estos casos, conviene solicitar la ayuda de un profesional de la psicología que le proporcione las estrategias necesarias para gestionar su dolor de forma adaptativa y quedar abierta a las nuevas experiencias que la vida le pueda aportar.